La Esfinge
No me negarás que tu tarjeta de visita fue esfingíaca. Sabes que solemos discutir con pasión cada asunto, independientemente de su nimiedad, y sabes que lo hacemos con el único fin de que yo
termine dándote la razón o tú tomándotela. Pero, por una vez y sin que en mi ánimo esté el sentar ningún precedente, habrás de modificar esta costumbre. Eras una esfinge, sí, inamovible y marfiliana, absolutamente pertrechados tus sentimientos tras una sonrisa tan dulce como roqueña, aparentemente ajena a las pasiones de los hombres. No me reproches, por tanto, que en lugar de tomar por derecho tu boca sin más preámbulo, me limitara durante algún tiempo a rodearte distraido, sin otra aparente preocupación que consultarte pequeños detalles sin la menor importancia. Afortunadamente para ambos, por una vez tu fuiste en apariencia descuidada y yo valiente y, a través de aquella puerta que dejaste como sin quererlo entreabierta, pude avistar el fuego que resguardaba tu comedia. De esa llama húmeda vivimos. A Dios gracias. -Simeón Bocanegra-

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