El hambre celulósico de Teo
Es de mi creer que el buen hábito de lectura se forma a temprana edad. El aprecio e incentivo de los padres y tutores del infante son fundamentales para la formación y nacimiento de la empatía entre el niño y el libro. Sin embargo creo de igual manera que un “no infante” puede desarrollar el mismo buen hábito dependiendo el tamaño de su interés en formarlo.
En mi caso ocurrió a temprana edad. Rodeado yo de libros desde que tengo consciencia, con padres educadores y acostumbrado a obtener un libro como la más dulce de las recompensas por mis buenas calificaciones, pues la situación no me dejaba otra alternativa que cogerle cariño a la lectura y felizmente lo agradezco.
En el caso de Teo, Carmen Teodomira o Tomi como le digo yo, pues no tengo ni idea de cómo
ocurrió. Creció en un área bastante rural en el estado Aragua donde definitivamente no era costumbre coleccionar libros cuando otras necesidades básicas eran prioridad. Sus padres “Michín y Memilla” eran par de soles en la familia pero no estoy seguro si alguno de los dos tuvo que ver en la formación de su apetito de lectura.Desde que tengo uso de razón la conozco, y desde que la conozco lleva siempre un libro bajo el brazo. Siempre ha leído todo lo que le cae en las manos, libros, periódicos, revistas, folletos, instructivos, realmente cualquier cosa y es que la atracción entre Tomi y el papel impreso es como los polos opuestos en un campo magnético y el campo en sí es la comunicación constante entre ella y lo escrito.
Una imagen que siempre me complacerá es recordarla en su mecedora azul, en el zaguán de la casa, no antes de las cuatro de la tarde cuando ya bañada y fresca se aislaba de absolutamente todo lo que le rodeaba y leía. Su concentración en su rito de lectura es tal que pudiera caerse la casa a su alrededor y ella no lo notaría sino en el momento en el cual ella decidiera colocar de nuevo el marca libros y con pena vería que éste marca ya tres cuartos de las hojas totales. Otro libro empezaría a agonizar en sus manos.
Con tal comportamiento pues son pocos los autores populares que no pasaron por sus dedos y pupilas. Una escritora de la cual Tomi no tuvo compasión y devoró ferozmente fue Agatha Christie y no dejó que solo ella la disfrutara sino que me contagió el apetito por las enmarañadas y misteriosas tramas de la escritora inglesa. Una de nuestras prácticas de lectura comunes era escoger un título de ésta autora, leerlo y escribir en un papel bien identificado con fecha, hora y páginas leídas el nombre de quién pensábamos era el asesino de aquella historia. Por su puesto que aquél con menor número de páginas leídas, en el menor tiempo y con el nombre correcto escrito era el ganador. Me complace decir que después de muchos intentos pude acertar un par de veces y ganar la prueba.Ahora Tomi tiene 88, los acaba de cumplir, y su cuerpo luce como de 70, su mente como de 30, su corazón ha crecido en bondad y amor tantas veces como años cumple y su apetito celulósico está intacto. Sigue procesando lo escrito ante sus ojos con la misma avidez de siempre y su rostro continúa reflejando el placer de tener ante sí ese nuevo mundo que se le despliega en el preciso momento en cual ella decide que el marca libros ha cumplido su trabajo por el tiempo preciso y es hora de continuar.
Si de mis padres heredé el don y el hábito de la buena lectura pues no tengo lugar a dudas que de Tomi heredé la pasión por ella y este apetito insaciable por los libros, que solo lo que hace es crecer con cada mordida que con la misma poca compasión de Tomi hago a cada texto que sucede pasar por mis manos.













